El libro

Es el fin de su historia. Perdió la batalla ante la humanidad que lo forjo entre sus entrañas y se encuentra vencido. No hay  treguas, no hay perdones y solo le resta desaparecer.

Lentamente comienza a borrarse, mientras cada letra, de cada palabra, de cada una de sus cien páginas, lloraba tinta, viva.

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El gato con botas

Como un despertador, cada noche, 1.30 hs de la madrugada comienza a maullar.

Me despierto fastidiada y busco que arrojarle esta vez. Ya me deshice del cenicero, el cepillo del pelo y dos almohadones, y mi puntería sigue sin éxito.

En un arrebato de sueño, cólera y frustración pruebo con algo más contundente y le arrojo una de mis botas. Los sonidos cesan de inmediato.Satisfecha vuelvo a dormirme.

Una hora después maullidos insistentes me despiertan, reclaman altaneros la otra bota.

La culpa la tienen los paraguas

Entró a la cocina con el pie derecho, se preparó un café y se sentó frente al ventanal.
De fondo sonaba la radio de doña Mercedes.
Doña Mercedes ¡siempre tan atenta! era una suerte tenerla pared por medio, no eran amigas, pero Mariana sabía que podía contar con ella.
Miró por la ventana, llovía y la idea de caminar por la ciudad rodeada de paraguas le aterraba. De todas formas debía ir a trabajar, pensó, así que decidió salir con tiempo y comenzó con su ritual: apagó las hornallas, cerró las ventanas, prendió la luz del pasillo, se persigno tres veces y al fin abrió la puerta de calle.
Llovía cada vez más fuerte y las veredas estaban inundadas de paraguas.
¿Qué habría hecho para merecer esto?
Cerró con llave la puerta y tres cuadras después esperaba en la parada del colectivo.
Al fin apareció el vehículo salvador, ya no aguantaba la lluvia, ni a los paraguas, ni a las miradas perversas de los transeúntes, que encubiertos bajo esos artefactos demoníacos, la acechaban. Subió y se sentó sola, le disgustaba viajar junto a un extraño y ni hablar junto a uno que quisiera conversar.
No paraba de llover.
Sonó el celular y apurada buscó en la cartera ¿Llamarían de la oficina? O ¿Sería doña Mercedes?
Dejó de sonar.
El corazón comenzó a latirle con fuerza. ¿Y si es Doña Mercedes? ¿Y si olvidé la hornalla encendida? ¿La puerta abierta? O ¡La plancha! Seguro dejé la plancha enchufada y doña Mercedes sintió el olor a quemado, a esta altura debe ser una catástrofe y todo por culpa de los odiosos paraguas.
Volvió a sonar el celular, por más que buscaba no aparecía.
Ya no tenía dudas, era Doña Mercedes. Le temblaban las manos y tenía el cuerpo cubierto de sudor. Con un hilo de voz le pidió al conductor que parara en la próxima esquina. Bajó del colectivo y corrió, corrió y corrió, se olvidó de la lluvia, de los paraguas y de las miradas extrañas.
Al fin llegó, exhausta, mojada y sin un zapato.
Tomo el picaporte y descubrió con alivio que la puerta estaba cerrada con llave. Al entrar un profundo suspiro le trajo tranquilidad no había olor a gas, no había olor a quemado. Buscó la plancha y la encontró en el segundo estante del placar en el lavadero.
Todo estaba en orden. Pared por medio sonaba la radio de Doña Mercedes, era una suerte tenerla de vecina, seguro llamaría si notaba algo extraño.
Una vez más comenzó con el ritual, debía ir a trabajar: revisó las hornallas,las ventanas, se persignó tres veces y al salir miró distraída sobre la mesa ratona del living, camuflado entre revistas y pañuelos usados descubrió su celular. Lo guardó en la cartera, abrió la puerta y salió.
En la calle había dejado de llover.

Ausencia

Abrió los ojos, desde el jardín llegaban risas alegres. Se levantó y buscó ropa en el armario, quería sacarse el viejo camisón y sorprenderlos.

Solo encontró un pullover, seguro Rosa habría hecho limpieza, ¡esa mujer! siempre empeñada en deshacerse de las cosas viejas. Tuvo ganas de quejarse, pero hacía tanto tiempo que Rosa manejaba sus vidas, “es un mal necesario” pensó, y sonrió con la ocurrencia.

Miró por la ventana, los tres jugaban en el jardín como cada domingo al caer el sol. No importaba el frio, ni la lluvia, ni el calor, era una tradición familiar y ella, debía muchas tardes. Decidió bajar. Ya no estaría ausente.

Uno a uno fue contando los escalones que la separaban de su vida, hasta que al fin los vio, felices y hermosos, con el reloj del tiempo marcando el pulso vital en sus venas. Oculta en un suspiro, los besó a cada uno en la frente y se marchó.

En el viento llegaba la voz de Rosa, era la hora de cenar.