La culpa la tienen los paraguas

Entró a la cocina con el pie derecho, se preparó un café y se sentó frente al ventanal.
De fondo sonaba la radio de doña Mercedes.
Doña Mercedes ¡siempre tan atenta! era una suerte tenerla pared por medio, no eran amigas, pero Mariana sabía que podía contar con ella.
Miró por la ventana, llovía y la idea de caminar por la ciudad rodeada de paraguas le aterraba. De todas formas debía ir a trabajar, pensó, así que decidió salir con tiempo y comenzó con su ritual: apagó las hornallas, cerró las ventanas, prendió la luz del pasillo, se persigno tres veces y al fin abrió la puerta de calle.
Llovía cada vez más fuerte y las veredas estaban inundadas de paraguas.
¿Qué habría hecho para merecer esto?
Cerró con llave la puerta y tres cuadras después esperaba en la parada del colectivo.
Al fin apareció el vehículo salvador, ya no aguantaba la lluvia, ni a los paraguas, ni a las miradas perversas de los transeúntes, que encubiertos bajo esos artefactos demoníacos, la acechaban. Subió y se sentó sola, le disgustaba viajar junto a un extraño y ni hablar junto a uno que quisiera conversar.
No paraba de llover.
Sonó el celular y apurada buscó en la cartera ¿Llamarían de la oficina? O ¿Sería doña Mercedes?
Dejó de sonar.
El corazón comenzó a latirle con fuerza. ¿Y si es Doña Mercedes? ¿Y si olvidé la hornalla encendida? ¿La puerta abierta? O ¡La plancha! Seguro dejé la plancha enchufada y doña Mercedes sintió el olor a quemado, a esta altura debe ser una catástrofe y todo por culpa de los odiosos paraguas.
Volvió a sonar el celular, por más que buscaba no aparecía.
Ya no tenía dudas, era Doña Mercedes. Le temblaban las manos y tenía el cuerpo cubierto de sudor. Con un hilo de voz le pidió al conductor que parara en la próxima esquina. Bajó del colectivo y corrió, corrió y corrió, se olvidó de la lluvia, de los paraguas y de las miradas extrañas.
Al fin llegó, exhausta, mojada y sin un zapato.
Tomo el picaporte y descubrió con alivio que la puerta estaba cerrada con llave. Al entrar un profundo suspiro le trajo tranquilidad no había olor a gas, no había olor a quemado. Buscó la plancha y la encontró en el segundo estante del placar en el lavadero.
Todo estaba en orden. Pared por medio sonaba la radio de Doña Mercedes, era una suerte tenerla de vecina, seguro llamaría si notaba algo extraño.
Una vez más comenzó con el ritual, debía ir a trabajar: revisó las hornallas,las ventanas, se persignó tres veces y al salir miró distraída sobre la mesa ratona del living, camuflado entre revistas y pañuelos usados descubrió su celular. Lo guardó en la cartera, abrió la puerta y salió.
En la calle había dejado de llover.

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