Ausencia

Abrió los ojos, desde el jardín llegaban risas alegres. Se levantó y buscó ropa en el armario, quería sacarse el viejo camisón y sorprenderlos.

Solo encontró un pullover, seguro Rosa habría hecho limpieza, ¡esa mujer! siempre empeñada en deshacerse de las cosas viejas. Tuvo ganas de quejarse, pero hacía tanto tiempo que Rosa manejaba sus vidas, “es un mal necesario” pensó, y sonrió con la ocurrencia.

Miró por la ventana, los tres jugaban en el jardín como cada domingo al caer el sol. No importaba el frio, ni la lluvia, ni el calor, era una tradición familiar y ella, debía muchas tardes. Decidió bajar. Ya no estaría ausente.

Uno a uno fue contando los escalones que la separaban de su vida, hasta que al fin los vio, felices y hermosos, con el reloj del tiempo marcando el pulso vital en sus venas. Oculta en un suspiro, los besó a cada uno en la frente y se marchó.

En el viento llegaba la voz de Rosa, era la hora de cenar.

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