La Espera

Al fin la calma lo invadía todo. Parecía mentira, minutos antes, una terrible tormenta había sacudido el avión. Pánico, gritos, y luego oscuridad y el silencio más absoluto.

Ya todo está en orden, pensó Manuel, mirando por la ventanilla. Se sentía cansado, molesto, no había dormido la siesta y eso condicionaba su humor, el episodio de la tormenta había puesto a prueba sus nervios, se sentía agotado.

Una vez más, se dispuso a tratar de repasar en su mente los detalles de la última noche en Buenos Aires, junto a Helena. Las miradas, los abrazos, los besos y esa necesidad constante de saber, de descubrir, cuál era el misterio.

Sabía que algo sucedía, lo intuía y lo veía en sus ojos.

Seguramente Helena no había querido decirle nada, para no preocuparlo. Se enfrentarían a meses duros, ella en Buenos Aires y él, en el fin del mundo, sólo, aislado, en una isla olvidada cercana a Galápagos. Pero era su trabajo, su pasión, su vida. Ella siempre entendía.

Seguía molesto, la falta de la siesta se sentía cada vez más.

Volvió a pensar en Helena, faltaban pocas horas para verse y al fin terminaría la espera. En las cartas siempre hablo de una sorpresa, de un cambio, de algo que los uniría para siempre y eso lo llenaba de esperanzas. Se sentía renacer.

Miró el reloj, eran pasadas las seis. El avión debiera haber aterrizado a las cinco, pensó.

Llamó a la azafata, pero nadie respondió. Levantándose de su asiento comenzó a recorrer el pasillo, el baño, la cabina y se dio cuenta de que estaba solo. Volvió a llamar, a buscar en cada rincón, pero no encontró respuestas.

No había pilotos, azafatas ni pasajeros; sólo penumbra y el silencio que dolía, y pesaba cada vez mas.

Sin saber que hacer volvió a su asiento ¿Estaría enloqueciendo? ¿La falta de la siesta nublaría sus sentidos?

Entonces sacó del bolso la última carta, esa que había releído una y otra vez, las ultimas semanas y con lágrimas en los ojos, leyó en voz alta la frase que había dado sentido a su vida nuevamente : “Te esperare hoy y siempre”, Helena.

Una paz extraña lo colmó. Pensó en Helena, la abrazó con el alma y al fin cerró los ojos.

En ese mismo instante, el sol  invadió todo el entorno, de colores naranjas, amarillos, ocres y violetas.

 cielo

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